Colombia
Noticias y Comunicados
Fotografía: EL JARDÍN - Maria Camila Tobón Gaviria - Álbum 2012 Revela Colombia

Noticias y Comunicados

Monguí, entre páramos y ríos

Monguí, entre páramos y ríos

 

 

“Este hombre es mucha historia” me suelta así de sopetón Doña Noemí nada más conocerla en la miscelánea que regenta a unas cuadras de la plaza principal y en la que vende de todo, desde un tornillo a un dulce. El que habla y habla y no calla jamás es su esposo, Don Próspero–eso al menos dice ella con una pícara y amorosa sonrisa-, y yo disfruto escuchándolo porque sabe mucho de Monguí, este Pueblo Patrimonio que lo vio nacer, el más lindo del Departamento de Boyacá después de haber ganado varios concursos, así que acepto su invitación para vernos temprano en la mañana y caminar juntos.

 

 

 

 

 

 

Miércoles, 7 am. Nos acompaña Don Alfonso Merchán, otra institución monguiseña, también los muebles de madera que construye en su carpintería. ¿A dónde vamos? A la Peña de Otí, el mejor mirador me aseguran, mientras cruzamos el bellísimo puente construido por los españoles con una mezcla de cal, arena, sangre de res y melaza llamada calicanto y que se mantiene intacto a pesar de las estampidas del río. La subida es empinada pero estos dos septuagenarios caminan como si tuvieran quince, así que saco lo mejor de mí para no quedar atrás mientras me van mostrando toda planta medicinal que encuentran en este delicioso recorrido por el bosque altoandino. Y sí, vaya que sí son bonitas las vistas de Monguí desde este peñasco –encantado dicen y hasta con un patio donde cuenta que las brujas se reúnen cada 31 de octubre-, con las rocas tan bien aplomadas que muchos piensan que las colocaron manos de otros planetas, que hasta tiene ermita y al que suben los vecinos en Vía Crucis.

 

Don Óscar es hijo de Don Alfonso y heredó de su abuelo Antonio y de sus tías Ana, Rosa y Custodia el arte de contar historias. En nuestro recorrido por Monguí me cuenta muchas: la de la calle de La Otra Vida, la de la Pila de las Ranitas, el ancla del cementerio, la Puerta de la Historia y la del Matucho, la figura que adorna la pila de la plaza y donde se reúne la gente para echar chisme. Si llegan por aquí, pregunten.

 

 

 

“Estoy emparamada” me dice Doña Carmen para describirme el frío con el que amaneció y eso que va bien abrigada con ruana, medias de lana y sombrero de paño que no se quita nunca. Qué maravilla ver a las mujeres así vestidas. Y a los hombres, claro. Emparamada por eso de que vive tan cerca del páramo, pienso yo, a casi tres mil metros de altura, y estoy igual porque en Monguí frío hace y, a veces, mucho. Pero hay días en que el sol de alta montaña ilumina las fachadas blancas adornadas de verde esmeralda y rojo vino y este lugar apartado entre montañas se convierte en un decorado de película. Sí, aquí se han rodado muchas.

 

 

 

 

 

Los franciscanos fueron los primeros que llegaron a estas tierras, allá por 1555, con la misión de evangelizar a los indígenas. Construyeron en piedra primero una pequeña ermita, la de San Antonio de Padua, y luego, el convento y la basílica. Cien años necesitaron y miles de obreros para estas dos obras pero el exitoso resultado está a la vista aunque no le pareció lo mismo al arquitecto Martín Polo Caballero quien se encargó del remate del templo en ladrillo, no quedó contento y decidió desde la torres del reloj poner fin a su vida. En la fachada principal de la basílica busquen los escudos de Aragón y Castilla, el colibrí y miren hacia la cúpula. Si encuentran cerrado el convento pregunten en el despacho parroquial, también por las pinturas de Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, las mejores de la Colonia dicen. Y no dejen de pasear por el claustro. Una joya de la arquitectura.

 

 

 

“Sí hay habas para el cocido boyacense” grita un vendedor por megafonía y me da tanta hambre que voy a buscar este plato a base de maíz, tubérculos de todo tipo, carne de res y gallina a uno de los restaurantes típicos donde Doña María Victoria Cely me habla, además, del bizcochuelo de papa y la changua, sopa para el desayuno con leche, huevos, cebolla, cilantro, queso y pan duro y me sorprende con la receta de la sopa dulce de jutes para la que se necesita dejar las papas dos meses o más –sí han leído bien- en una corriente de agua permanente y limpia de arroyo o riachuelo para que maduren.

 

 

 

 

 

 

 

¿Y ustedes sabían que en Monguí, Pueblo Patrimonio de Colombia, se hacen los mejores balones de fútbol del país? Edgar Ladino, director del Museo del Balón, me relata la historia: “Mis tíos Froilán y Manuel estaba prestando servicio militar con el Ejército colombiano en la frontera con Brasil. En Manaos, en 1934, fueron a una cárcel donde vieron cómo se cosían los balones. Se trajeron la idea a Monguí y se dieron a la tarea de enseñarle a la gente”. Veintitrés fábricas siguen funcionando, todo se hace a mano y casi doscientas horas se necesitan para fabricar un balón fino. Porque la cámara de aire hay que envolverla con hilo, dejar secar al natural el pegante, masillar el balón, armarlo. Y vulcanizarlo porque a mano ya no se cose casi ninguno. Don José Sierra y su esposa Vitalina sí lo siguen haciendo en su taller del barrio de Montserrate con dos agujas de acero para que aguanten, las maniguetas de cuero para protegerse de la puntada, la tabla para sujetar bien las piezas y el hilo de cáñamo que suavizan con cera. Cosen tres o cuatro balones al día, solo por encargo porque no hay mercado, mucha paciencia y mimo.

 

Otra pregunta: ¿Les gusta la poesía? A mí mucho, así que busco quien me hable del Indio Rómulo, nacido en Monguí, de rostro risueño y energía infinita, referente de la poesía costumbrista que con su arte enalteció la vida de los campesinos. Hace años que vive en Bogotá pero su sobrino Julio me invita a su casa desde la que escucho el rumor del río y me deleito leyendo eso de “Quereme chinita, como yo te quero / no siás remilgada, ni siás tan esquiva / puñado de virtudes, piacito de cielo” que suena tan lindo en este pueblito.

 

 

 

 

Quiero despedirme de Monguí, en su páramo, el de Ocetá, uno de los más hermosos del mundo y no estoy exagerando. La subida no es fácil, mucho menos para mí que vivo a nivel de mar, lejos de las alturas, pero despacito consigo coronar los casi cuatro mil metros a los que llega la ruta. Veo los primeros frailejones que fueron bautizados así por los españoles que creyeron ver en ellos siluetas de religiosos perdidos en la montaña; hay cientos por todos lados. Estas plantas sólo se encuentran en las altas montañas de Venezuela, Colombia y Ecuador. Entre sus hojas muertas viven pequeños insectos y hasta ranas y lagartijas y tan sólo crecen una media de 2 centímetros por lo que encontrarse con uno que mida más de dos metros de altura es tener cerca un verdadero abuelo de la montaña. Los acaricio, son suaves como el terciopelo y algunos están en flor.

 

Sólo por caminar por estos paisajes que parecen de otro mundo merece la pena llegar hasta Monguí pero eso sí, si se deciden, suban abrigados y con capa de lluvia que allí arriba hace frío y llueve mucho.

 

 

Información

Monguí forma parte de la Red de Pueblos Patrimonio de Colombia, una estrategia impulsada por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, ejecutada por el Fondo Nacional del Turismo (Fontur), para fomentar el desarrollo sostenible, la apropiación del patrimonio y la participación de la comunidad en el desarrollo de los municipios que reúnen mayor valor histórico y a la vez turístico en el país.

Más información en la App de Pueblos Patrimonios para Android y iPhone.

 

 

Cómo llegar

Desde la Terminal del Norte de Bogotá salen autobuses hasta Sogamoso, unas cuatro horas de recorrido. Desde allí la distancia a Monguí es solo de veinte kilómetros.

____ 

 

Fotografías y textos:Toya Viudes, @Colombiadeuna, bloguera aliada de la Red de Pueblos Patrimonio de Colombia. 

Texto original en el blog Colombia de Una. 

« Volver